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Elogio de la peluquería

Elogio de la peluquería

 

Martín Alomo[1]

Intervención sobre lo éxtimo. Diferencia entre visión y mirada. La relación entre caos y cosmética.

Para varones y para mujeres ir a la peluquería tiene connotaciones muy distintas, principalmente por la tradición de culto a la belleza femenina y, justamente por eso, debido a la presión social que pesa sobre ellas en cuanto a tener que estar todo el tiempo hermosas. Rápidamente, debemos relativizar esta observación porque desde hace años constatamos la presencia de nuevas masculinidades que establecen vínculos distintos con la cosmetología (de “cosmos”, lo que ordena el caos y lo acomoda a una imagen deseable).

En el caso de ellas, a partir de los dichos que se escuchan en el consultorio, en las series televisivas y entre amigas/os, aparece de modo fuerte el uso de la peluquería como dispositivo de cambio. Uno podría decir que es obvio: ahí nos cambian el largo del pelo, el color, el peinado. Pero me refiero a otra cosa, a un cambio más profundo no solamente de la imagen. Aquella que está triste por una desavenencia o una ruptura amorosa, peluquería; pelea con una amiga, peluquería; problemas serios en el trabajo, peluquería. En tal sentido, es como si la intervención externa, o mejor dicho en las riberas exteriores del cuerpo -la imagen del yo o como quiera llamársele al distrito de la coiffeur– acaba por delatarse “éxtima” en el sentido de que opera sobre las coordenadas cósmicas de la imagen que, aparentemente muy externas, al incidir sobre la visión de la figura en el espejo acomodan también la autopercepción interna del self devolviéndole cierta gratificación, lindura y, en ese sentido, le restituyen en algún punto la estabilidad tambaleada por la ruptura o la desavenencia acaecida. Esta experiencia que se constata en la vida cotidiana me permite introducir aquí la diferencia entre lo que se ve y la mirada.

Los varones también solemos ir a la peluquería para acomodar nuestra imagen y aunque no se trate del uso tipo emotional rescue no puede ser sino una maniobra de acomodación al lazo social. Tanto es así que presentarse desalineado, despeinado o con los cabellos desgreñados en determinadas labores y empleos y a cierta edad -las salvedades obedecen a lo relativo que puede ser esto cuando se es joven, bello y exitoso- puede ser interpretado como una falta de respeto y acarrear consecuentemente algún tipo de segregación perjudicial.

Retomo la diferencia mencionada entre visión y mirada a propósito de la cosmetología de la imagen. Decir que lo que veo mejorado en el espejo luego de arreglos y afeites repara mi autopercepción, el “cómo me siento”, equivale a decir que esa imagen más amable y más deseable que retorna desde fuera me permite velar con alguna eficacia cierta descomposición inherente a la existencia e inmanente a ella. La autopercepción y por ende la autovaloración de la persona mejoradas por la cosmetología señalan una lógica moebiana o si se quiere escheriana[2].

Por lo dicho, ir a la peluquería “para arreglarnos un poco”, como se suele decir, alude a un bricolaje que se opera con nuestras faneras[3], tan básico y superfluo como necesario y profundo. Por otra parte, el hecho de que se haga con otros, de que eso que viene de fuera, la organización de la imagen, en este caso esté asistida por la figura del peinador, peluquera, estilista, colorista, barbero, cosmetóloga, lo que fuere, hace que la práctica social de hacernos atender, tocar y embellecer nos promueva en la escena del deseo. Si estábamos caídos de ella, el fashion emergency nos vuelve a subir; si tambaleaba nuestra confianza, la peluquería nos fortalece.

Hace poco tiempo conversaba con mi amiga Laura Klein acerca del orden contrapuesto al caos originario según la versión bíblica del Génesis[4]. Ella me señalaba, muy acertadamente, que allí se dice que la palabra de Dios puso orden al caos pero en ningún lado está dicho que esté exenta de malentendidos ni de sinsentido. “Pasamos del caos a la palabra” decía mi inteligente amiga haciendo resonar todos los equívocos y la potencia poética que la palabra entraña. Ese caos originario evocado por el relato bíblico y acotado por el malentendido de la palabra que recorta, señala y nombra, habita en la experiencia cotidiana de advenir a la realidad.

En la litografía de Escher mencionada aquí en nota al pie, “Galería de arte”, en la que se ve al observador de un cuadro parado con sus dos pies dentro del marco de la obra que mira, entre muchos otros evoca dos sentidos. Por un lado, el hecho de que en la realidad que se habita no es inocua la posición del observador; por otro, una idea incluso más radical: la realidad que se observa y se habita[5] es una construcción del observador que en el mismo gesto construye dicha escena y por lo tanto se crea en ella. Estas reflexiones nos invitan a mirar con otra luz el fenómeno de la “peluquería terapéutica” que alivia las penas y restituye el erotismo.

 

[1] Psicoanalista. Doctor en Psicología. Magíster en Psicoanálisis. Especialista en Metodología de la Investigación. Profesor de y Licenciado en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.

[2] Solo por tomar dos ejemplos, en “Galería de arte” (1956) el observador está dentro del cuadro que mira; en “Mano con esfera reflectiva” (1935) se pierde la noción entre quien percibe y quien es visto.

[3] Su etimología proviene de “fenómeno”: lo que se da a ver, lo que se muestra.

[4] Cf. “Aborto: la discusión maldita”, tal el título de la conversación que mantuvimos con Laura en el ciclo “La inmortalidad del cangrejo” por mi canal de Youtube. En línea: https://www.youtube.com/watch?v=GlmqiT4SUqw&t=25s

[5] Estoy tentado de escribir “la realidad que se-observa-habita” así, todo junto.

MARTIN ALOMO

Dr. en Psicología de la UBA

Para contactarse con Martín puede escribir a:
martinalomo@hotmail.com

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