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Estructura del Insulto

Ficha Técnica:

Buenos Aires: Letra Viva, 2009.
ISBN: 978-950-649-247-2. 183 p.

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Descripción

Prólogo

Sería realmente insólito encontrar un libro, digo: un libro serio, profundo, que estuviese dedicado por entero a un extenso ensayo sobre dos expresiones vulgares de nuestra lengua empleadas a diestra y siniestra, expresiones que en el colmo de su sinsentido gozan de la propiedad bífida de expresar tanto una injuria como un elogio: “boludo”, “hijo de puta”. Pues bien, ese libro existe, Usted lo tiene bajo sus ojos y su autor es Martín Alomo.

Dedicaré este prólogo —que escribo gracias a la invitación de Martín—, no tanto a exponer mis propias ideas,  como a comentar algunos pasajes del libro, ya que el propósito que me anima es uno solo: contagiar el entusiasmo por su lectura asegurando al lector que quedará cautivado por la originalidad y el atractivo de este texto único.

Con la sencillez a la que predispone un tema tan popular, Martín extrae estas dos locuciones de su vulgaridad cotidiana para incrustarlas —bajo nuestra mirada incrédula al principio, pero más y más interesada a medida que avanzamos— en una reflexión  singular que apunta a desentrañar la lógica estructural del insulto.

Pero no se confunda el lector por la aparente sencillez: el presente no es un libro de divulgación, y sin embargo es un libro para todos, donde las ideas se tratan de una manera tan amena y accesible que el lector apenas se da cuenta de la dificultad de los conceptos en juego. La argumentación teje un entramado entre diversas regiones del saber y de la cultura como la filosofía moderna, el psicoanálisis, la literatura, la filología, la lingüística y otras. Uno encuentra cada tanto referencias a Heidegger, al mismo tiempo que letras de canciones de Fito Páez, o a Lacan junto al grupo de rock Nirvana, o todo un desarrollo sobre el acto, modulado a partir de relatos como “El muro” de Sartre o “La Broma” de Milan Kundera. Todo esto hace del libro algo muy entretenido, incluso divertido mientras lo transitamos. Pero al final caemos en la cuenta que eso era lo de menos. ¡Lo importante es la estructura!, pero no congelada en una abstracción intelectual. Por el contrario, este libro es la prueba de que, efectivamente, como les previno Lacan a los incrédulos estudiantes de Mayo del 68, “las estructuras descienden a las calles”, y si se trata de las expresiones populares, también a las calles barrosas de la marginación.

La obra tiene como principio orientador la condición ambigua y de non sens  del significante. Con esa herramienta teórica analiza, entre otras peculiaridades, la paradoja radical de las dos locuciones  mencionadas, ser injuria al mismo tiempo que alabanza, rastreándola hasta su lejano origen: un pasaje de “El Quijote” de Cervantes, donde ese rasgo aparece en un diálogo no menos ambiguo entre Sancho Panza y el Caballero del Bosque.

Por otra parte, la relación entre la boludez y el discurso del psicoanálisis aparece en el libro de múltiples formas. Una de ellas nos muestra cómo la vida del “boludo” en cuestión se despliega signada por la compulsión a la repetición, escenificada en las mil y una caras del acting out. Cuando vemos actuar al “boludo”, a quien podríamos adicionar también el “hijo de puta”, nos sale espontáneamente la expresión: “otra vez sopa”, dice Martín.

Siguiendo la lógica del libro sería lícito decir que más allá del sujeto en tanto boludo o hijo de puta, realidad equívoca que se nos escurre como el pez de entre las manos, existe “lo boludo” y también “lo hijo de puta” como objeto discursivo que puede ser teóricamente tratado; y es eso lo que nos ofrece el libro. La pregunta, más allá del sujeto es por la estructura, de ahí el título del libro.

Así descubrimos que esas categorías subjetivas son sólo máscaras narcisísticas que encubren una realidad conceptual a cuya caza va el desarrollo progresivo de este ensayo. Si sabemos por Lacan que el sujeto es idéntico a los objetos con los que se identifica, “lo boludo” o “lo hijo de puta” no es otra cosa que la identificación a un significante en cuyo núcleo vive y se alimenta el goce del sujeto. El sujeto se aferra a esos significantes como a la vida misma. Los ama, como enseñó Lacan diciendo del neurótico que ama su síntoma como a sí mismo.

Si bien es inevitable que “lo boludo” o “lo hijo de puta” a uno lo toque, o pueda rozarlo por momentos o circunstancias fortuitas, también puede a uno poseerlo para siempre, y pasar a ser un nombre posible del sujeto, en una suerte de deformación anamorfótica del nombre del padre.

Posiblemente por su propiedad de “nombre del sujeto” estas expresiones hayan tenido la divulgación universal que les es propia, cuestión que el libro recorre en el capítulo VIII “Una perspectiva filológica” exprimiendo con inteligencia una abundante y calificada bibliografía.

Al internarse en el campo de la estructura el autor despliega para nosotros una especie de película histórica donde vemos surgir los discursos míticos que subyacen al empleo de los términos injuriosos.

Por sólo citar un ejemplo, nuestro “hijo de puta” hunde sus raíces en el más antiguo “hijo de la chingada” centro-americano, que remite a su vez al mito de la india Malinche, amante de Hernán Cortés, y que por la escasa edad de la niña, relaciona “la chingada” con el producto de la relación sexual, a veces forzada –aunque siempre abusiva– con púberes indígenas.

Pero si se trata de identificaciones, ¿cómo se hace uno “boludo” o “hijo de puta”? ¿O más bien se nace? como se dice de alguien: “este nació boludo”. Como psicoanalistas no tenemos otro lugar donde remitirnos que al deseo de los padres que hacen pesar sobre sus hijos, o sobre alguno de ellos, ciertos mandatos de goce que producen identificaciones del tipo que Freud llamó “identificación al superyó”, o Melanie Klein “identificación al objeto malo”.

De tal modo que desde esa base podemos dar el salto a la cuestión heideggeriana del ser, ya que aquellas dos posiciones subjetivas (ser “boludo” o “hijo de puta”) muestran sendas formas de encubrimiento donde se pierde el cuidado (Sorge) por la verdad del ser. Verdad que no podemos pretenderla accesible al pensamiento si seguimos a Lacan cuando en el Seminario XXI “Los no incautos yerran” dice que no hay otro ser que un modo de ser, es decir, sólo una sombra de ser. Ser boludo o hijo de puta es un modo de ser como cualquiera aunque un poco más lastimoso, y por lo tanto una identificación imaginaria.

Comentario aparte merece la bibliografía: se trata de un listado de noventa textos, de los cuales no se puede decir que alguno esté incluido sin motivo. Todos son necesarios y por otra parte excelentes como selección, cuestión fundamental si un ensayo se propone alcanzar una consideración intelectual.

Si el autor —que revela ser consciente de que trabaja sobre los desechos en el campo del lenguaje y en el empleo de la palabra— se pregunta con recato al finalizar el libro por su utilidad, por mi parte le respondo que haber situado su investigación en el campo del análisis de la estructura lo convierte en una obra original y necesaria. Tanto es así que al terminar su lectura, uno no puede evitar la exclamación: “¡Mirá el libro que escribió este hijo de puta… cómo se ve que no es ningún boludo!

 

Héctor López

MARTIN ALOMO

Dr. en Psicología de la UBA

Para contactarse con Martín puede escribir a:
martinalomo@hotmail.com

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