• No hay productos en el carrito.

La salud mental no tiene solución

La Ley Nacional de Salud Mental 26.657 se ha convertido en tema de debate público. Muchas personas hablan en los medios comentando, por lo general, aspectos parciales de la Ley, con intervenciones fragmentarias y siempre sesgadas. Otras veces, directamente profieren aseveraciones falsas.

Últimamente se ha utilizado con este fin a la madre sufriente de una persona pública por su actividad artística. Supongo que este uso inescrupuloso del discurso erróneo estuvo fogoneado por aquellos acostumbrados a servirse del sufrimiento ajeno para nutrir sus propios intereses corporativos.

Este artículo no habla de la Ley mencionada, sino del contexto que anima la lógica de los fragmentos que asoman a la superficie del debate público. Anticipo mis conclusiones: la divulgación masiva de información falaz referida a la Ley -infodemia- es el observable de una disputa de poder fogoneada por una corporación que se siente menoscabada.

 

Por Martín Alomo*

 

Hay un espacio de malestar necesario -quiero decir estructural e inevitable- tensado entre lo que se supone como función de determinadas instituciones y lo que no tiene arreglo. Leía hace poco la nota de un reconocido psiquiatra que escribía, reivindicando su disciplina, que los problemas de salud mental los soluciona la psiquiatría. Hoy quiero escribir sobre un tema muy difícil, complicado, incluso políticamente incorrecto: hay problemas que no tienen solución y también hay, sin embargo, instituciones que encuentran su razón de existir en proponerse como las encargadas de solucionarlos.

Ni la psiquiatría ni la psicología ni el psicoanálisis, ninguna de estas disciplinas pertenecientes a un amplio campo denominado genéricamente “salud mental”, ninguna de ellas puede solucionar los problemas de esta última. Por mencionar las dos acepciones más a la mano, digo “salud mental”: a) como estado psíquico y emocional de una persona, familia o colectivo de individuos; b) como un subconjunto de políticas públicas, instituciones, dispositivos y prácticas específicas dentro de un conjunto mayor denominado “salud pública”.

Sin embargo, dudo que sea conveniente que cada una de estas disciplinas salga a gritar a los cuatro vientos que el rey está desnudo. Creo que aun cuando las cosas sean de ese modo, y ciertos hilos pretendan hilvanar las sedas más finas, de tan sutiles imperceptibles, aun así es necesario mantener la tensión. Con ella, cierta dimensión de engaño, es cierto, aunque no de mala fe. Esta tensión es la misma que mencionaba al principio, aquella del malestar necesario.

 

La discordancia de las apariencias

 

Decir que el rey está desnudo implica al menos tres elementos que convendría desplegar: a) el riesgo de propiciar un descrédito sobre las disciplinas y las prácticas profesionales concernidas y, por eso mismo, contribuir al desconcierto de pacientes y familiares; b) abonar el discurso de la desinversión de los sectores gubernamentales, siempre dispuestos a avanzar en este sentido para lo cual no necesitan estímulo alguno; c) la tendencia a que la discusión necesaria puertas adentro de cada disciplina y entre ellas naufrague entre subterfugios, coartadas, asunciones innecesarias y saltos extemporáneos a conclusiones falaces.

Considero que estas falacias constituyen procedimientos inherentes a la debilidad argumentativa puesta al servicio de disputas de poder corporativas. Como profesional de la salud mental, lo digo desde dentro, comprometido en el asunto.

Antes de avanzar hacia una crítica de las falacias mencionadas y de los intereses involucrados, dado que escribo en un medio público, una palabra para los usuarios, pacientes y sus familiares y allegados. Cuando digo que la salud mental, en la primera acepción mencionada -es decir como estado psíquico y emocional de las personas- no tiene solución, me refiero a lo siguiente: no se trata de arreglar una máquina, ni ajustar tuercas, ni corregir neurotransmisores ni dar la palabra exacta para que las cosas mejoren y entonces sobrevenga la cura. Por lo general, los denominados problemas de salud mental se enmarcan en situaciones complejas, de causalidades múltiples y a veces de muchos años de evolución.

Por eso mismo, en el momento de la consulta, los profesionales solemos constatar que los supuestos problemas constituyen “soluciones”, arreglos subjetivos más o menos sufrientes ante las adversidades de la realidad, de la vida familiar, de las vicisitudes amorosas y aun de los desarreglos orgánicos. Por esto es importantísimo el trabajo interdisciplinario, ya que ninguno de nosotros somos los dueños de la verdad ni manejamos todas las variables en juego.

 

La debilidad argumentativa puesta al servicio de disputas de poder corporativas

 

Partamos de la comprobación palmaria de mi reciente aserción, el hecho de que los profesionales de la salud mental no somos los dueños de la verdad ni manejamos todas las variables en juego -tampoco lo hacen las disciplinas que representamos-. En el campo de la salud mental considerado ahora en la segunda acepción, es decir como subconjunto de políticas, instituciones, dispositivos y prácticas perteneciente al conjunto mayor de la salud pública, ello se traduce en el hecho de que las plazas laborales y los distintos espacios de inserción institucional son disputados con argumentos falaces y por medio de la fuerza bruta: se impone el gremio más fuerte, el más numeroso, en desmedro de los otros. Esto quiere decir que en el ámbito del subsector público de salud la distribución de cargos no se ordena por calidad científica ni académica, ni por la estructura y características de la demanda asistencial, sino por el resultado de la pulseada sindical.

Unos, los más brutos -entre quienes se cuenta el psiquiatra aludido en el primer párrafo de este artículo- suelen adherir, aunque no lo sepan, a un materialismo tosco -asumido desde una “filosofía” espontánea- y a un paradigma epistemológico neopositivista denominado “basado en la evidencia”, al que adhieren sin medir las consecuencias clínicas en juego. Luego, ellos se arrogan ser los representantes de “la ciencia” y el “avance científico”, aunque cuando hablan más bien se auto-refutan.

Médicos psiquiatras y psicólogos “basados en la evidencia” con diversos marcos teóricos suelen caer en la siguiente asunción: ellos son los representantes de “la ciencia” -así, en singular, como si hubiera una sola-, para recalar luego en el siguiente salto a conclusiones: el hecho de ser agentes de esta “ciencia” única y hegemónica garantizaría que sus prácticas asistenciales son las mejores. Para ello, el paradigma mencionado cultiva el fetichismo de los papers: siempre hay alguno prêt à porter y último modelo para justificar cualquier intervención.

Quienes trabajamos desde el psicoanálisis, accedemos a la construcción de evidencias de nuestras prácticas a partir de la deducción, por medio de la elaboración y puesta a prueba de teorías que se organizan bajo un paradigma teórico-argumentativo, para dar cuenta de la realidad clínica sin desatender, en la medida de lo posible, a todas las variables en juego: las particulares, atinentes a cuestiones diagnósticas y al contexto socio-cultural en el que están insertas las personas; y las singulares, esas variables más subjetivas que aun cuando no puedan estar incluidas por razones obvias en los manuales estadísticos, sin embargo sostienen la lógica de los arreglos subjetivos que bajo la óptica del sentido común son percibidos como “problemas” o síntomas.

Hoy, ya iniciada la tercera década del siglo XXI, quien pueda pensar que “la ciencia” es una sola atrasa por lo menos sesenta años, desde la publicación de La estructura de las revoluciones científicas, de Thomas Kuhn, en 1962. Yo me inclino a pensar, junto a muchas/os otras/os colegas, que hay muchos modos de hacer ciencia, distintos estatutos del saber y diversos métodos de producir conocimiento científico. Creo que en el ámbito de la salud mental -me refiero aquí a las dos acepciones mencionadas- cualquiera que tenga certeza de tener razón incurre en un acto de soberbia para nada saludable. Quien se cree dueño de la verdad, en ese mismo gesto se desanuda del contexto discursivo tan complejo como variado: social, científico en sus diversas acepciones, sanitario, político, etc.

 

Ni tontos ni canallas

 

Los profesionales de la salud mental estamos habituados a trabajar en un desconcierto de voces polifónicas, contradictorias, alucinantes y alucinadas, a menudo desafinadas hasta la cacofonía y muchas veces imperativas. No me refiero en esta ocasión a esas voces que dicen escuchar quienes padecen las patologías más severas, sino a las que se hacen oír en las instituciones cuando las disputas de poder se transforman en peleas y malos tratos sostenidos en la lógica defectuosa de discursos débiles e inconsistentes hilvanados con falacias. Tales discursos buscan establecer una hegemonía que distribuya las aguas en favor de quienes se dicen poseedores de la verdad última.

La psiquiatría desde sus distintas escuelas, la psicología clínica con sus diversos marcos teóricos y el psicoanálisis en sus diferentes orientaciones son praxis que ponen en juego diferentes niveles de conocimientos, algunos de ellos científicos y otros no tanto -lo mismo podemos decir de cualquier rama de la medicina, por cierto- pero eso sí, todos con una orientación clara: producir el mayor beneficio posible con el menor perjuicio concomitante.

El engaño estructural sin mala fe al que me refería más arriba consiste en lo siguiente: a los profesionales de la salud mental se nos busca para que solucionemos problemas que algunas veces no son tales porque no tienen solución: son atolladeros, impasses. Como tales, merecen ser tratados sin la soberbia paternalista y mentirosa del dador de soluciones. En ese sentido, en el espacio creado entre la apariencia que habitamos por la investidura que nos dan nuestras profesiones, la expectativa que se deposita en nosotros y las posibilidades de oferta de que disponemos, allí mismo, en esa coyuntura epistemo-espacio-temporal somos convocados a expedirnos sobre y a intervenir en los infortunios y las vicisitudes de quienes creen que nos necesitan.

Para concluir, unas líneas acerca del engaño estructural al que me refiero. Que sea de mala o buena fe depende de la ética de cada profesional más allá de cuál sea su orientación teórica o su título habilitante. Arrogarse el lugar del que sabe, de ser el dueño de la verdad acerca de lo que le pasa al otro bajo pretexto de cientificismo, biologicismo, conductismo, psicologismo o cualquier “ismo” es una canallada.

 

* Psicoanalista. Doctor en Psicología. Magíster en Psicoanálisis. Profesor de y Licenciado en Psicología (UBA). Ha publicado Vivir mejor. Un desafío cotidiano (Paidós 2021); La función social de la esquizofrenia. Una perspectiva psicoanalítica (Eudeba 2020); Clínica de la elección en psicoanálisis. Vol. I y II (Letra Viva 2013), entre otros.

MARTIN ALOMO

Dr. en Psicología de la UBA

Para contactarse con Martín puede escribir a:
martinalomo@hotmail.com

    Contacto con Martín Alomo

    Escriba su consulta con todos sus datos y le responderé en breve.

    Nombre Completo*
    Email*

    Consulta*
    *Todos los campos son requeridos

    © MARTIN ALOMO. Todos los Derechos Reservados. Diseño: Estilográfico | Desarrollado por LK