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Entrevista a Martín Alomo

Autora: Emilia Cueto - Nota publicada en www.elsigma.com el 8 de Octubre de 2013

Siguiendo las huellas de Freud y Lacan, Martín Alomo ha desentrañado la noción de elección, tanto en relación a las neurosis como a las psicosis, diferenciándola de la determinación y señalando sus derivas en la manera de pensar la clínica. A la par, síntoma, pulsión y cuerpo en las psicosis encuentran su reflejo en esta entrevista, como así también aspectos centrales del trabajo realizado por el autor en torno a las nociones de “ironía de transferencia” e “ironía en transferencia”, vinculando esta última a la dirección de la cura en la psicosis como un punto nodal. Por último se explaya sobre la controvertida presentación de enfermos, dispositivo que el entrevistado pone de relieve por sus efectos tanto para analistas como pacientes.

– Siguiendo las huellas de Freud y Lacan ha trabajado la noción de elección, tanto en relación a las neurosis como a las psicosis, diferenciándola de la determinación. ¿Qué divergencias básicas encuentra, a partir de su lectura, en la perspectiva de cada uno de los maestros?

Sí, justamente esos trabajos sobre la elección dan testimonio de mi investigación sobre el tema en la universidad, en el marco de un proyecto dirigido por Gabriel Lombardi. Es cierto, aunque también el deseo puede ser una determinación fortísima. Sin embargo, para establecer una diferenciación lo más clara posible, aun a costa de que sea un tanto grosera, puse todo lo que claramente no era electivo, es decir todo lo coercitivo proveniente de la estructura, a cuenta de la determinación.

Son muchas las aristas del tema, y en varios años de trabajo, encontré muchísimas referencias de la elección en Freud y en Lacan: en relación al síntoma, a la interpretación de los sueños, a la elección de estructura e incluso del tipo clínico, etcétera. A la hora de las diferencias, la más clara es la relativa al final del análisis. Freud llega hasta un punto que delimita muy bien y que, sin embargo, estamos acostumbrados a leer y a citar bastante mal. Me refiero a esa “roca viva” de la castración y a las posiciones que menciona -con las que él se encontraba en el final- para el hombre y para la mujer: la posición pasiva del hombre ante otro hombre, y la reivindicación del falo en las mujeres. El señala, en las últimas páginas de “Análisis terminable e interminable”, que el análisis brinda al analizante la posibilidad de variar su actitud frente a aquellas posiciones. De eso se deduce entonces que persistir en alguna de esas posiciones neuróticas caracterizadas para el hombre y para la mujer, es una posibilidad, pero también hay otras. Me parece que justamente ahí, en ese punto electivo, es desde donde parte Lacan en su investigación sobre el final de análisis, y creo que esta es la diferencia fundamental, porque sus alcances son clínicos, pero también epistémicos y políticos.

– ¿Esto implica variaciones en la manera de pensar la elección respecto de la dirección de la cura?

Desde luego. Basta leer con cuidado la “Proposición de octubre del ‘67” de Lacan para advertir rápidamente que ese algoritmo, que solemos llamar “de la transferencia” aunque él nunca lo haya denominado así, nos muestra la entrada y la salida del análisis. Se trata de una herramienta conceptual muy fuerte, que funciona como herramienta de lectura de la clínica para dar cuenta de los inicios, pero también de los finales. Y como sabemos, no es lo mismo el comienzo cuando en el horizonte tenemos un final, incluso teorizado en las condiciones mismas del principio. Inicio, desarrollo y final, ese planteo lacaniano que -hasta podríamos arriesgar- hunde sus raíces en elaboraciones de la década del ’30 sobre el tiempo lógico (me refiero al apólogo de los presos y el carcelero) pone en el horizonte las condiciones del acto electivo -esto es algo así como un pleonasmo- que en la anticipación de un tiempo retroactivo desde el final, que aunque no se sepa cuándo llegará, le permite al analista poner en juego su destitución subjetiva anticipando cada vez la última, incluso desde el comienzo de la experiencia.

– ¿Cuál es la relación entre elección y goce?

Tema difícil. Para problematizar la cuestión, en uno de mis libros -creo que en La elección irónica– aproveché una frase de una conferencia de Colette Soler, en la que habla de “la elección del goce”. Para llegar luego, por supuesto, a considerar la decisión del goce más bien ya efectuada, y el sujeto acomodándose a eso como puede, también en la medida de lo que le gusta, de lo que desea. Después de todo goce y deseo no son opuestos, uno tienta al otro, el otro puede condescender, etcétera. Lo que es cierto es que no se puede hablar de “la elección del goce” en el sentido del genitivo subjetivo; y, por otro lado, si lo leemos como genitivo objetivo, es decir si “el goce es el que elige” ya estamos en el horno, porque si hay algo que eso no es, es justamente una elección. Estaríamos en tal caso ante otro tipo de determinación exterior al sujeto: determinado por las condiciones de la estructura, pero también determinado por las condiciones de goce. Las relaciones entre elección y goce, entonces, están marcadas por una especie de libertad condicionada, la elección forzada y, tal vez, al final del análisis, si es que éste ha operado verdaderamente una modificación en las condiciones de goce del sujeto, tal vez sólo entonces podríamos hablar de una “elección del goce” leyendo allí un genitivo subjetivo, por difícil que pueda parecer pensarlo. Pongámosle algunos atenuantes: que lo que se elija sean los modos de habitar y de vivir determinadas condiciones de goce y, como solemos decir, saber hacer con eso.

– En La elección irónica. Estudios clínicos sobre la esquizofrenia, al abordar un caso clínico, refiere que la paciente, a quien diera en llamar Cristina, decide consentir un tratamiento por vía de la palabra, “darle entrada” a la intervención del analista, escuchar algo nuevo, etc. ¿Cómo piensa a la elección en las psicosis?

Me gusta pensar una elección de estructura en un sentido fuerte. Me tomo en serio aquella frase de Lacan sobre “la insondable decisión del ser” que leemos en “Acerca de la causalidad psíquica”. Por difícil que sea de pensar la posibilidad -o más bien la contingencia- de que un rechazo tan radical como es la forclusión del nombre del Padre sea un acontecimiento electivo, sin embargo mi posición es contundente al respecto: considero que allí hay una elección. Es tan difícil de argumentar y de fundamentar el problema que tal vez por eso escribí tantos libros al respecto. Sin embargo, la idea central se puede decir en pocas palabras: así como hay la ética del análisis, por la cual cada analista se orienta en su acto a partir del saldo que ha obtenido de su propio análisis, también hay la ética del sujeto psicótico, ya sea paranoico, esquizofrénico, maníaco o melancólico. Y también, por qué no, podemos encontrar sujetos provenientes de una estructura psicótica con otra ética: por ejemplo una ética de artista sublimador o una ética de analizante. La clínica me ha enseñado de modo patente que los hay. Y no sólo eso: he aprendido que hay psicóticos que han atravesado un análisis de cabo a rabo, es decir que han podido concluirlo, con la modificación que eso implica para su condición de goce y para sus manifestaciones sintomáticas. Aunque, también hay que decirlo, sin que se hayan borrado -cosa que seguramente no pasa tampoco en las otras estructuras clínicas- sus rasgos estructurales característicos.

– El tema de la elección plantea serias controversias en torno a la ética, sobre todo cuando la vida del sujeto se encuentra en riesgo como puede ser el caso de intento de suicidio, adicciones, internaciones psiquiátricas, etc. ¿Cómo piensa el lugar del psicoanálisis y de los analistas, frente a lo que podrían considerarse elecciones subjetivas?

Si nos encontramos ante un paciente que se quiere suicidar, y nos parece que está en situación de riesgo cierto e inminente, sabemos cómo debemos intervenir. Se trata de signos clínicos que ameritan un tipo de contención que ningún analista en su consultorio -ni ningún clínico que trabaje solo- está en condiciones de brindar. Algunas veces la indicación de una internación, aun en los casos extremos en que deba indicarse en contra de la voluntad manifiesta del paciente, es la mejor decisión que un analista puede tomar, incluso desde el punto de vista analítico. Más aún: algunas veces esa es la decisión que debe tomar, porque hay leyes de las que como clínico no está eximido. Si además trabaja en un servicio, por ejemplo de un hospital, donde existe la posibilidad del trabajo en equipo, se facilitan mucho las cosas para casos graves.

Me gusta, para pensar la cuestión, una distinción que le escuché algunas veces a Gabriel Lombardi: solemos hablar de analizante, pero ése es un punto de llegada. Tal vez, no sólo en los hospitales, y no sólo en los casos de psicóticos, antes de encontrarnos con un analizante nos topemos con un enfermo, tal vez luego la situación mejore y el enfermo se promueva a la posición de paciente. Recién después, a lo mejor, elección mediante, aparezca el trabajo analizante.

– Sobre el final de Clínica de las elecciones en psicoanálisis. Libro II, comienza a darle un lugar central a “la ironía de transferencia”, de la cual deriva otra indicación técnica en la dirección de la cura con pacientes esquizofrénicos, ¿Cuál es la propuesta?

La propuesta es tomarnos en serio esas palabras de Lacan de 1966 en respuesta a los estudiantes de filosofía, en relación a la ironía con que está armado el esquizofrénico, con la que ataca de raíz a todo lazo social… Más o menos creo que dice así. Y eso que se me ocurrió llamar “ironía de transferencia” para diferenciarla de la “ironía en transferencia”, vendría a ser algo así como la versión para la clínica de las psicosis de lo que solemos pensar como “transferencia negativa”. La “ironía de transferencia” vendría a ser el modo en que el rechazo al Otro del lazo social es puesto en juego tomando como objeto a la persona del analista. La propuesta, en este caso sería… no se trata de una propuesta técnica, por supuesto, ya que no propongo eso como una herramienta generalizable ni transferible a otro analista. Lo que hago en el libro es contar mi experiencia. Así que más que proponer algo con esa idea, lo que hago es contar cómo me las arreglé yo con eso. Después de haber sido repudiado, atacado de raíz en tanto representante del lazo social, por parte de sujetos esquizofrénicos, lo mejor que pude hacer con eso, algunas veces, es conversar con el modo de excluirse, o incluso apelar al humor y ensayar un chiste o una broma con eso que el sujeto está haciendo para aislarse, para excluirse del Otro de lo social. Algunas veces eso funcionó en el sentido de fortalecer las condiciones de una transferencia más favorable para continuar con el trabajo. Incluso algunas veces eso funcionó para que al sujeto le dieran ganas, es decir prefiera -que proviene del griego proairesis, elegir- continuar tomando la mano del Otro de la transferencia justo en ese mismo momento en que amenazaba desenlazarse una vez más.

– En “Unidos por interés. Clínica de la Folie à deux”, publicado en Imago Agenda Nº 169, al proponer su hipótesis sobre la posición que adoptan los integrantes de la pareja, utiliza las nociones freudianas de beneficio primario y secundario de la enfermedad, y aclara que Freud emplea las nociones al hablar de las neurosis y que usted lo hará respecto de las psicosis. Luego agrega: “el beneficio primario corresponde al síntoma, y lo referiré aquí al síntoma psicótico”. ¿Es posible hablar de síntoma en la psicosis, teniendo en cuenta –por ejemplo– la relación que establece Freud entre síntoma y represión?

Claro que es posible hablar de síntoma en la psicosis. De síntoma psicótico, entonces se trata de un síntoma que no tiene el estatuto de una formación del inconsciente. Del mismo modo en que es posible hablar de inconsciente en las psicosis, aunque no se trate del inconsciente reprimido, sino “a cielo abierto”. Del mismo modo en que Lacan nos indica que en la psicosis también podemos pensar la clínica con sus cuatro matemas de los discursos: sujeto barrado, objeto a, y los significantes amo y binario.

Otra cuestión es cómo ese síntoma, para que pueda ser considerado analítico, elija como partenaire al analista, como estamos habituados a encontrarlo en la clínica de las neurosis. De alguna manera, lo que comentaba antes de la “ironía de transferencia” y “la ironía en transferencia” es un intento de pensar la cuestión, en particular en lo que respecta al sujeto de la esquizofrenia.

– Luego, en el mismo texto, al hacer alusión a la pulsión que se satisface en el síntoma, se remite a la addenda de “Inhibición, síntoma y angustia”, destaca que sería necesario ocuparse de “elucidar el problema de la pulsión, en este caso, en la psicosis” y se pregunta: “¿hay pulsión en la psicosis?”. ¿Por qué vía se podría avanzar en ese esclarecimiento?

Al escribir eso tenía en mente el problema del cuerpo en las psicosis. Sabemos que tener un cuerpo, como solemos decir, no va de suyo. Eso también es un punto de llegada, y algunos no llegan. Por ejemplo, en muchos pacientes psicóticos esto es evidente: “no tengo un cuerpo”, o “me falta la parte de atrás del cuerpo”, me decía una paciente en el hospital la semana pasada. Entonces, si nos atenemos a los desarrollos sobre la pulsión, por ejemplo a los del seminario sobre los Cuatro conceptos fundamentales…, notamos que la pulsión parte de una zona erógena -“Quelle”, decía Freud en “Las pulsiones y sus destinos”-, enlaza al objeto al que rodea, y vuelve al punto de partida que finalmente es dónde encuentra su satisfacción. Todo ese circuito supone un cuerpo. Y no sólo un cuerpo: supone un cuerpo que aparece como una construcción secundaria, podríamos decir, del recorte operado por lo simbólico sobre el organismo, en el que se destacan zonas erógenas privilegiadas. Decir esto es lo mismo que decir que ese cuerpo está recortado por la significación fálica, y que su goce está organizado, regulado por el falo. Bueno, planteadas las cosas de este modo, y si el psicótico no tiene un cuerpo… A esto me refería en el artículo sobre folie à deux.

– En primera instancia, el interrogante parecería contradictorio respecto del planteo de la pregunta anterior, referido al síntoma en la psicosis, ¿Cómo lo ha pensado?

No sé si es contradictorio. El síntoma subtiende una división subjetiva también en las psicosis. Desde luego no es la división del sujeto dividido del inconsciente reprimido. Podría ser en relación al saber en la paranoia, en relación al lazo social en la esquizofrenia, en relación al consentir o no estar vivo en la melancolía, y en la manía no sé… tal vez, si ha habido los efectos apaciguadores de alguna medicación, podría haber una división entre algo menos parecido al ruido y algo más parecido a la palabra. Y todas esas posibles características sintomáticas de cada sub-tipo clínico psicótico, están caracterizadas por el delirio, ya sea persecutorio, erotómano o místico en la paranoia; por el rechazo irónico del lazo social en la esquizofrenia, y el correlato de un goce solitario, ensimismado, aunque no necesariamente con formaciones delirantes ni megalomanía, como es el caso del paranoico; o bien por la indignidad del melancólico, ya sea manifestada con desarrollos delirantes o no, etcétera. Ninguno de estos tipos de síntomas psicóticos -en La elección irónica trabajo casos puntuales- encuentra su particularidad pulsional en una pulsión parcial recortada de acuerdo al orden fálico, sino que el goce que los determina aparece estallado, fragmentado, holofraseado. Estallado y fragmentado en múltiples S1 en la esquizofrenia. Holofraseado en la paranoia, que holofrasea no sólo el par significante, como dice Lacan, sino también pegotea el goce en el lugar del Otro, etcétera. En todo caso habría que pensar otro estatuto de la pulsión en la psicosis: una pulsión sin cuerpo, más cercano a los estadios pre-edípicos tan estudiados por la Escuela Inglesa. Desde el psicoanálisis lacaniano prefiero pensar en el enjambre de S1 y en el significante en lo real, efecto de cadena rota, para pensar los problemas de la desregulación del goce.

– Usted señala que la ironía esquizofrénica, entendida como un punto de desanudamiento o exclusión del lazo social, encuentra en el sostenimiento de las transferencias con la institución hospitalaria “el único lazo social que su ironía esquizofrénica tolera”. Usted forma parte desde hace muchos años del Hospital Braulio Moyano, ¿Cuál es su postura respecto de la desmanicomialización?

En el hospital veo, sobre todo en lo que atañe a su aspecto asilar, por cierto insoslayable, del Moyano -también del Borda-, un lugar que funciona al modo de depósito, es cierto, aunque también de casa. Finalmente es un lugar para alojar los cuerpos de aquellos sujetos que no han podido ser retenidos por las redes del lazo social, y entonces van a parar, como desechos, al asilo. Creo que una política seria de salud mental implicaría tener en cuenta esta variable, la del fuera de lazo. Todos sabemos, por supuesto, que hay algunos pacientes que están internados y que perfectamente podrían vivir externados si tuvieran afuera alguien que los quisiera. Pero como no pueden sostenerse sin otros, si se les da el alta vuelven al poco tiempo. Para enfrentar esto hay dispositivos que deberían estar funcionando y que, sin embargo, casi no existen, salvo una o dos excepciones. Me refiero a las casas de medio camino y ese tipo de dispositivos intermedios.

En definitiva, opino que todo lo que sea desmanicomialización sirve siempre y cuando se trate de desmanicomializar las mentes, los pensamientos cortos de todos nosotros, pero principalmente de los gestores de políticas públicas de salud mental. Ello de ninguna manera coincide con cerrar los hospitales ni mucho menos. Puede resultar enloquecedor y muy “manicomializante” la cultura del DSM y el psiquiatra que hace la receta en medio minuto sin siquiera mirar a la cara al paciente, o el psicólogo aplicando recetas estándar, protocolos que se supone deberían acomodar desde afuera algo que le anda mal al psicótico adentro.

Hace algunos años, con motivo de una de las tantas amenazas de cierre del Borda, el Moyano y el Tobar, escribí un texto que leí en una asamblea pública de colegas. Si no me equivoco está publicado en ElSigma. Ahí resumo mi posición al respecto.

– Desde las coordenadas que sigue sosteniendo la sociedad en relación a la locura, sobre todo en las internaciones -muchas de por vida-, pero no solo, donde “vigilar y castigar” -tal los desarrollos de Foucault- están presentes, ¿Cómo piensa el lugar del cuerpo en las psicosis y los efectos que este entramado produce?

De acuerdo a lo que decía recién, considero que el hospital, cuando funciona como dispositivo interdisciplinario e interdiscursivo en los casos en que verdaderamente hace falta -me refiero a las internaciones- actúa como un cuerpo suplementario, un cuerpo exterior que contiene -a condición de que escuchemos ese “contiene” sin el valor metafórico que toda palabra conlleva- al organismo, o a los órganos sueltos, o a las entidades incorpóreas que muchas veces es el psicótico. En Vigilar y castigar Foucault deja bien señalado el punto de cómo el Estado marca los cuerpos singulares a través de los dispositivos. Hoy, creo, en lo que atañe a las internaciones en salud mental, el dispositivo “Hospital de Salud Mental” es una especie de barrio circundante, exterior a los límites, a los muros que representa el arsenal químico cada vez más impresionante. De allí que aquellos que hoy en día necesitan una internación prolongada en un hospital, son sujetos que se han quedado muy pero muy afuera del lazo social, entramado que hoy cuenta con muros químicos muy eficaces para delimitar el alcance de lo socialmente aceptable. Luego, a las personas que aun así han caído hasta la instancia asilar, el Estado no las vigila ni las castiga, sino que cumple con el deber de contenerlas y sostenerlas. ¿Si no quién?

– Su tesis doctoral se ha basado en el estudio de la presentación de enfermos, signándolo como un dispositivo psicoanalítico. ¿Por qué decidió realizar un trabajo tan exhaustivo sobre el tema?

Mi tesis doctoral está aún en marcha, la estoy escribiendo. Hace relativamente poco, el año pasado, terminé y presenté mi tesis de Maestría. Supongo que la de doctorado me va a llevar un tiempo más, sobre todo porque a la hora de hacerme el espacio para escribir en serio, con la intensidad que dicha actividad requiere, puedo disponer nada más que de un par de meses en el verano.

Me interesa particularmente esa práctica proveniente de la psiquiatría, y que Lacan importara al psicoanálisis y practicara durante más de treinta años sin interrupciones. Creo que es un dispositivo que añade algo a la práctica de los analistas en los hospitales: trae oxígeno al equipo de colegas, a los tratamientos, enseña, fundamentalmente el paciente nos enseña. Y por lo general, a decir verdad casi siempre, el paciente la pasa bien, se siente escuchado, respetado, le gusta la experiencia y lo hace saber, por ejemplo, pidiendo volver a participar del dispositivo, o diciendo “quiero que me atienda el doctor del otro día”.

– También en La elección irónica. Estudios clínicos sobre la esquizofrenia señala que en su tesis intenta realizar una elaboración sistematizada de la presentación de enfermos ¿En qué consiste dicha elaboración y cuáles ubicaría como sus conclusiones más salientes?

Como la tesis aún no está concluida no puedo hablar de las conclusiones sino a modo de anticipación provisoria.

La elaboración consiste, en primer lugar, en historizar el dispositivo, y extraer la lógica que ha tenido en la historia de la psiquiatría. Las investigaciones de Foucault, en ese rastreo, ocupan un antecedente de relevancia. Luego, me interesa analizar la práctica de Lacan, y comparar las diferencias entre la lógica de las presentaciones psiquiátricas y psicoanalíticas. Por último, me ocupo de presentaciones realizadas en la actualidad por analistas, porque me interesa mucho la casuística actual, como se puede ver en La elección irónica.

Para adelantar algo de las conclusiones posibles, o más bien de las esperables, la principal de todas surge de comparar el dispositivo de las presentaciones con otros dispositivos analíticos, y diferenciarlo de las presentaciones psiquiátricas. Eso me permitirá, creo, caracterizar lo específico de las presentaciones como un dispositivo analítico, así como hablamos del dispositivo freudiano de la cura, o del dispositivo del control, o de los dispositivos lacanianos de Escuela, como el cartel o el pase.

– Para el caso de los practicantes del psicoanálisis cabría destacarse su aspecto “pedagógico”. Podríamos decir que algo de la transmisión del psicoanálisis podría estar presente en una presentación o que permitiría zanjar dudas o dificultades del analista reencausando el tratamiento, lo cual de por sí implicaría un efecto. Más allá de lo cual, la presentación en sí misma ¿qué “ventajas” aportaría a los pacientes?

El mismo hecho de que el equipo esté más motivado, que el analista a cargo del tratamiento pueda pensar alternativas para la dirección de la cura, eso mismo redunda en beneficios para el paciente. Pero además de eso el dispositivo per sé tiene un empuje que favorece la puesta en forma de demandas, de síntomas, etcétera, y eso siempre favorece la marcha de los tratamientos.

-En el texto anteriormente citado, señala que se pueden encontrar efectos terapéuticos o a nivel de la posición subjetiva de los pacientes, en dichas presentaciones. Dadas las características del dispositivo, ¿se podría ubicar a tales efectos más ligados a los producidos por la sugestión?

Sugestión ligada a los efectos terapéuticos hay siempre, no sólo en las presentaciones. Por lo tanto no debemos descartar ese factor. La particularidad que tiene el dispositivo en lo que hace a la sugestión que puede ejercer, tal vez radique en su espectacularidad y en la teatralidad de la situación: está el lugar de la escena, el lugar del auditorio, y hay que ver la fuerza del silencio atento del auditorio en una presentación, es impresionante. Porque no se trata de cualquier auditorio, sino de colegas muy transferenciados con el psicoanálisis, seguramente con el entrevistador también, y muy interesados en lo que el paciente tenga para decir. Todas esas condiciones, con la entrevista conducida por alguien que si es analista tratará de interferir lo menos posible para que la conducción de eso que habla en el paciente tome el timón, vuelven bastante factible la posibilidad de que el paciente vire a una posición activa, no diré de analizante, pero sí de ser hablante activo que intenta hacerse escuchar ante otros, y ya no de paciente.

En cuanto a los cambios en la posición del sujeto, es notable. A veces el primer cambio que aparece es de la negatividad a la positividad. Es decir: no había sujeto y ahí aparece, ahí se produce un sujeto. Y más sorprendente aún son esos casos en los que el analista a cargo del tratamiento después nos cuenta el momento post-presentación, donde recoge los efectos de ese efecto-sujeto que se produjo en el dispositivo. De estos cambios a nivel del sujeto, creo que los efectos más notorios son la formulación de una demanda, e incluso la puesta en forma, no diré del síntoma, pero sí de una especie de proto-síntoma, donde se pueden detectar ya un esbozo de división subjetiva y una demanda dirigida al analista: sí, división subjetiva y demanda dirigida al analista en casos de psicosis. Esto puede ser retomado ulteriormente en el contexto de cada tratamiento.

– Usted se define como un “laburante” del psicoanálisis, ¿a quiénes reconoce como sus maestros y por qué?

Sí, efectivamente, me considero un laburante. Por lo menos para mí, aunque sé que no sólo para mí, trabajar de psicoanalista en nuestro medio implica mucho más que la actividad del consultorio. Y no me refiero a las actividades de formación, como seminarios, grupos de estudio, etcétera, que supongo todo aquel que se diga analista realiza. Me refiero también a mi presencia en el hospital y en la universidad. En ambos lugares desarrollo tareas ligadas a la investigación y a la transmisión del psicoanálisis, además de lo asistencial, obviamente en el hospital.

Además, mi participación en el Foro Analítico del Río de la Plata y en la Escuela del Campo Lacaniano me demanda bastante tiempo y energía. Actualmente estoy a cargo de la comisión de publicaciones del Foro también. Implica la edición de la revista AUN N° 7, haber presentado recientemente la Nadie duerma N° 2, y la preparación del número inaugural de una publicación dedicada específicamente a temas de Escuela. Si a eso le agregamos que junto a mis colegas de la comisión de publicaciones acabamos de inaugurar la Biblioteca del Foro, es evidente que no me queda demasiado tiempo libre.

Mi maestro de psicoanálisis es Gabriel Lombardi, sin dudas. No sólo realicé grupos de estudios, seminarios y todo tipo de actividades ligadas al psicoanálisis con él, sino que además siempre ha sido mi referente en lo académico. Él fue mi director de tesis en el tema de “las elecciones del ser hablante”.

En lo que atañe a otras latitudes, Colette Soler es mi principal referente teórico y político. Es clara en la transmisión, y en lo que atañe a la política del psicoanálisis no sólo es lúcida sino también abierta, es alguien que abre caminos.

– En nombre de elSigma le agradezco su participación en este espacio. El trabajo en torno a las psicosis y sus padecimientos requiere continuas revisiones y postulados que permitan construir allí donde predomina el agujero, creo que sus palabras han contribuido en esa vía.

4 de febrero de 2021
MARTIN ALOMO

Dr. en Psicología de la UBA

Para contactarse con Martín puede escribir a:
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