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Empezar y terminar un análisis

 

Por Martín Alomo*

 

Hace muchos años leí con sorpresa un libro firmado por un tal Raúl Gaynal con el sugerente título de “Yo fui psicoanalizado durante 600 horas”. Hoy, décadas después de aquella lectura adolescente, podría criticar aquel libro de mil maneras. Sin embargo, lo que quiero transmitir es mi sensación arrobada, fascinada, como queriendo descubrir lo que alguien podía contar de esa experiencia. Luego me enteré que Raúl Gaynal era el seudónimo que utilizaba el hermano del reconocido cineasta Alejandro Doria.

Por otro lado, hace poco leí una nota de la periodista estadounidense Hannah Booth aparecida en The Guardian el 30 de abril, que me pareció interesantísima. Me atrajo el título, que traduzco: “Lo que aprendí de 10 años de terapia y por qué es hora de parar”. En la nota, Hannah no explica cuál es la orientación teórica de su terapeuta, pero sea cual fuere, del relato se desprende un trabajo muy interesante. Queda claro que ha obtenido cambios importantes y cuáles son algunos de ellos.

 

En ambos relatos, muy diferentes, por cierto, hay un rasgo común: la dimensión de objeto extraño del terapeuta. “Mi relación con mi terapeuta es extraña y unilateral: no sé casi nada sobre ella, pero ella lo sabe todo sobre mí, desde mis miedos más oscuros hasta mis pensamientos más vergonzosos”, traduzco el texto de Booth. Gaynal subraya la presencia opaca del cuerpo de su analista que, detrás del diván y debajo de sus vestidos sobrios y formales inunda el consultorio de una materialidad extraña, casi como una persona. Evidentemente aludo aquí al chiste que me contara alguna vez un colega amigo: “un psicoanalista es lo más parecido a un ser humano”.

En cuanto al motivo de consulta, Hannah se acercó al tratamiento por la autodetección de una repetición sintomática: “Quiero cambiar. De hecho, quiero ser una persona completamente diferente. Soy como una casa vieja cuya electricidad se corta constantemente en el mismo lugar y quiero que alguien me vuelva a cablear. Tengo la fuerte sensación de que, a menos que haga algo, me quedaré atrapadapara siempre en esta situación. Así que aquí estoy, sudando en el umbral de mi terapeuta”. Así narra Booth su llegada al consultorio que visitaría semanalmente durante varios años. Gaynal, por su parte, estaba invadido por una serie de tics, sudoración excesiva en las manos y eritrofobia, síntomas que cederían rápidamente luego de un primer tramo de análisis, aparentemente bajo el alivio correlativo de una transferencia ostensiblemente positiva.

Se trata de dos casos relativamente exitosos, en los que el motivo de consulta y los síntomas logran ser tramitados por medio del tratamiento. La confianza, el aprender a escucharse y la sensación de mayor conexión con las propias vivencias les permiten a estos sujetos acceder a un trato más fluido con la realidad. Estos factores contribuyen al fortalecimiento del vínculo transferencial y a la estabilidad del tratamiento. En estos casos, este aspecto no representa un problema. En cambio, en lo que respecta al final, el apego al dispositivo y a la figura del terapeuta tallan en la consideración dividida entre la conveniencia de continuar o finalizar.

 

La opacidad de los cuerpos

 

Nuestros cuerpos son opacos. Lo digo desde un punto de vista concreto, no metafórico: ellos no reflejan la luz ni se ponen fluorescentes. Todo lo contrario, habitamos en lugares cuyas cajas se adecuan más o menos a nuestras medidas -un arquitecto podría explicar muy bien esta idea antropométrica- y solemos practicar asiduamente el pasaje adentro/afuera en un uso recurrente del entrar y el salir. Me refiero al goce del concepto -es decir de la diferencia- cuyo invento es atribuido por Borges a Shih Huang Ti, emperador chino que al construir la “desaforada” y “tenaz” muralla instauró por añadidura el adentro y el afuera. Adentro, como sabemos, cuando el sol ha caído, la opacidad de nuestros cuerpos se fundiría perfectamente con la oscuridad sin el recurso de la iluminación artificial.

En ese contexto opaco, cada elemento capaz de irradiar luz deviene punto privilegiado del campo visual. Un televisor, la pantalla de un celular o de una computadora, obviamente una lámpara, todos ellos constituyen fuentes lumínicas que vuelven porosa hasta la nulidad la oscuridad imperante. La opacidad de nuestros cuerpos resulta insoslayable: miramos nuestras refulgentes pantallas fascinados como quien logra acceder a lo que le falta, lo cual no carece de lógica, por supuesto. Sobre la luminosidad de nuestros gadgets fetiches -me refiero a los más libidinizados- recae el acento de nuestra atención: transferimos sobre ellos interés, tiempo, vida.

Quiero hablar ahora de una opacidad metafórica. ¿Qué podría querer decir que el cuerpo del/la analista es opaco? En este contexto, la dimensión ciega de un cuerpo real debajo del ropaje del analista contrasta con las luces que la suposición de saber podría llegar a atribuirle. Por eso mismo, la importancia de la basculación entre uno y otro término de la pareja analítica respecto de la fascinación y la suposición de saber hace que la opacidad del cuerpo del analista sea intermitente.

¿A qué intermitencia me refiero? Hablo de la alternancia entre transparencia y opacidad no solo de las palabras, sino también a la presencia y ausencia del cuerpo real del analista que, por ser erógeno, incluso acicalado con vestidos y afeites que encarnan significantes de la sensualidad, además de un sujeto supuesto saber también, esporádicamente, puede recaer sobre él un cuerpo sospechado gozar.

Por un lado, me refiero a la intermitencia que oscila entre el semblante del analista que propicia el trabajo analizante que, por medio de sus interpretaciones, a través de palabras, interjecciones, silencios o algún otro tipo de intervención sobre la temporalidad de la transferencia, utiliza la fuerza pivote de la suposición de saber y el sujeto correspondiente en favor del desciframiento del inconsciente anudado al padecimiento sintomático del hablante. Por otro lado, hablo de la presencia sospechada de gozar, por qué no, ya que un cuerpo sólido y opaco como cualquiera -en todos los sentidos, no solo metafóricamente hablando- podría querer algunas cosas. Este supuesto desear o gozar por parte del oscuro cuerpo del otro es capaz de introducir una extrañeza en un rango que, si quisiéramos bipolar, podríamos suponerlo extendido entre el goce sexual, en un extremo -correlativo de una interpretación erotómana- y por lo menos un enigma inquietante, en el otro.

La extrañeza del final

 

Señalo este punto, el de la presencia inquietante del/la analista que tiene un cuerpo tridimensional, opaco y desnudo debajo de su vestimenta. Me refiero no solo al ropaje textil, sino también al corpus de significantes de saber y autoridad que caracterizan un lugar que para ser desempeñado dignamente requiere que, por lo menos, sea ocupado por un analizado. A algunos les podrá parecer poco, a otros una exigencia desmedida. Lo cierto es que el atravesamiento de un análisis garantiza, al menos, no caer en la inocencia boba de ignorar las implicaciones de disponer de un cuerpo y de tener que lidiar con el hecho de ser sexuados.

Ya sea que lo tengamos presente o bien que practiquemos la amnesia socialmente generalizada, los cuerpos están siempre desnudos bajo las capas del rey, los mantos de Noé, los tapados de visón. También sobre los tacones de femme fatale, los autos de alta gama y los podios de cualquier auditorio por selecto que sea. Los cuerpos, incluso, pueden estar desnudos y a la vez curiosamente no estarlo aun sin barreras textiles. Ejemplo de esto último es la fábula de Andersen: el emperador desnudo bajo las telas imaginarias e inexistentes mantiene, sin embargo, los emblemas que le da el poder. Nadie, ni él mismo, osa transgredir el engaño que sostiene el orden social. El emperador, entonces, no está desnudo aun desnudo ya que lo visten los significantes del discurso que cohesiona a quienes participan en él.

Por eso, decimos “cuerpo” con distintas acepciones. El cuerpo opaco del/la analista es aquel que en alguna vuelta del análisis puede introducir una dimensión extraña que no se deja velar por ningún semblante remendón. Recuerdo aquí el célebre Sartor resartus, de Thomas Carlyle, porque esa novela introduce la idea de un sastre que al cortar la tela puede encontrarse con la sorpresa de ser recortado él mismo postrera e inadvertidamente, en una especie de bucle escheriano. He aquí el problema de la opacidad del cuerpo del analista: su corpus simbólico de significantes en juego, o bien su persona afable, tal vez su cuerpo opaco sospechado de un goce oscuro, cualquiera de estas variantes puede aparecer sorpresivamente recortada como producto de un análisis, aun cuando no fuera conveniente ni deseable.

A veces ocurre que, en el tramo final de un análisis, la extrañeza comienza a no dejarse disimular y ello incide sensiblemente en el trabajo analizante. Por otra parte, tal vez una función de causa que comienza a operar desligada del cuerpo sugestivo de un/a analista fulgurante es capaz de potenciar un principio de separación correlativo de la dimensión indisimulable y opaca de un cuerpo extraño.

La separación del final constituye un momento tan delicado como potente: él es el centro mismo del interés investigativo de la escuela de psicoanálisis. Allí pueden advenir actitudes muy diversas ante los límites señalados por Freud en su célebre texto “Análisis terminable e interminable”. Además de hablar de ciertas posiciones duras, rocosas y aparentemente inamovibles, afortunadamente Freud nos deja la investigación abierta, ya que señala: “Difícil es decir si en una cura analítica hemos logrado dominar este factor -Freud se refiere aquí a esos límites duros- y cuándo lo hemos logrado. Nos consolamos con la seguridad de haber ofrecido al analizado toda la incitación posible para reexaminar y variar su actitud frente a él”.

Partiendo de la relevancia de investigar los destinos posibles de las eventuales variaciones mencionadas por Freud, Jacques Lacan nos ha enseñado dos cosas fundamentales: por un lado, avanzar en la investigación del final de análisis de los analistas; por otro, situar las coordenadas de separación del final a partir de los mismísimos inicios, incluso desde la primera entrevista.

 

*Psicoanalista. Doctor en Psicología. Magíster en Psicoanálisis. Miembro del FARP y de la Escuela Internacional de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano. Entre otros libros, ha publicado Vivir mejor. Un desafío cotidiano (Paidós 2021); La función social de la esquizofrenia. Una perspectiva psicoanalítica (Eudeba 2020); Clínica de la elección en psicoanálisis. Vol. I y II (Letra Viva 2013).

MARTIN ALOMO

Dr. en Psicología de la UBA

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